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Artículos de mayo 2008 ↓

AREA DE ASISTENCIA EN LOS TRASTORNOS DEL LENGUAJE, DEL DESARROLLO Y DE LA LECTOESCRITURA

Cinteco presenta a partir del mes de junio su nuevo equipo de especialistas en intervención sobre los problemas del lenguaje, la comunicación y el desarrollo, de la mano de su coordinadora Pilar Gerez Taravilla.

La importancia del desarrollo de las competencias comunicativas y del lenguaje en la capacidad del ser humano para adaptarse al medio en el que se desenvuelve es un hecho indiscutible en nuestros días. Históricamente, se ha dado una elevada importancia a la detección temprana y a la estimulación de aquellas alteraciones en el desarrollo que han repercutido en el funcionamiento comunicativo y global del niño.

Mantener un enfoque evolutivo facilita la comprensión y correcta estimulación de los diferentes hitos en el desarrollo del lenguaje, de la interacción social y de la lectoescritura. Es nuestro propósito, atender estas afectaciones a partir de la reflexión sobre el desarrollo típico y de cómo, éste, se ve alterado en algunos niños.

En nuestro departamento realizamos la evaluación, diagnóstico y tratamiento de las personas con trastornos del lenguaje oral y escrito. El abordaje de las dificultades que se describen se hace en coordinación con la familia y la escuela asegurando que los objetivos de intervención se orientan de manera conjunta.

En etapas iniciales del desarrollo atendemos: afectaciones del lenguaje receptivo y expresivo (retraso del lenguaje, TEL, trastorno fonológico) y trastornos generalizados del desarrollo.

En etapas posteriores, los objetivos de estimulación se centran en la correcta adquisición de la lectoescritura en niños con Trastornos del Lenguaje, o bien en la superación de las dificultades asociadas a la Dislexia y a la Disgrafía. De forma paralela, se aborda el tratamiento de la inadecuada integración del bilingüismo en aquellos niños que presentan Retraso en el Lenguaje cuando están expuestos a varias lenguas.

¿Estamos todos locos?

parte del equipo de Cinteco entrevistado por El País

Luz Sánchez-Mellado para El País Semanal – Fotografía de Daniel Sánchez

Necesitamos hablar. Más que nunca. Psicólogos y psiquiatras están desbordados. Cada vez más gente pide ayuda para soportar el estrés, la incomunicación y el dolor de vivir.

Ángel lo tiene todo. Un matrimonio feliz, dos niños de anuncio, un piso con la hipoteca pagada y un sueldo de funcionario de por vida. Aún es joven, tiene 40 años y dos meses contados, y, aparte de unos triglicéridos rebeldes, está razonablemente sano. Pero el día de su último cumpleaños se sintió morir. El corazón se le salía. Le faltaba el aire. Le dolía el pecho. Sudaba. Tiritaba. Le iba a dar un infarto. Su mujer le llevó a urgencias. Dos horas después, Ángel salía cabizbajo con el alta en la mano. No la firmaba ningún cardiólogo, sino la psiquiatra de guardia. El diagnóstico es concreto: crisis aguda de ansiedad compatible con trastorno ansioso depresivo.

La doctora prescribe ansiolíticos y antidepresivos, y recomienda asistencia psicológica complementaria. Deriva al médico de familia para que siga al paciente y valore la pertinencia de una baja laboral. “Nada más verme llamaron a la psiquiatra, que me dio un tranquilizante y me metió en un cuarto a que me calmara. Fue después cuando me preguntó qué me pasaba. Le dije que me daba miedo morirme, que me sentía incapaz de cuidar de mis hijos, que no podía con mi vida. Estuvo correcta, profesional, rutinaria. Me pareció que veía casos así todos los días”, dice Ángel. En efecto, es uno de tantos.

Los saturados servicios de urgencias de los hospitales llevan tiempo prestando cada día los primeros auxilios a personas con otro tipo de sufrimiento. Un dolor no exactamente o no del todo carnal. Un sinvivir que no da la cara en los análisis, ni en las radiografías, ni en el más sofisticado escáner. Los esquivos, inasibles padecimientos del alma.

La psiquiatra que atendió a Ángel, sus colegas de los centros de salud mental públicos y privados y los psicólogos de los centenares de gabinetes que han proliferado hasta en el barrio más humilde de la ciudad no dan abasto. Están a rebosar. Todo el mundo tiene un pariente, un amigo o un conocido que está de baja por depresión o estrés, alguien cercano que se “ha quebrado” o está “mal de los nervios”. No es un asunto para pregonar, pero tampoco un secreto de Estado.

El goteo de noticias es constante. Un vistazo a algunos titulares de las últimas semanas resulta demoledor. La Encuesta Nacional de Salud certificaba en marzo que el 20% de los españoles tiene propensión a sufrir trastornos relacionados con la salud mental. En plata: uno de cada cinco encuestados confiesa que se siente habitualmente triste, nervioso, atemorizado, en vilo. Fatal. El Ministerio de Sanidad alerta sobre el desaforado consumo de psicofármacos, que se ha multiplicado por tres en la última década. La Organización Mundial de la Salud pronostica que la depresión será en 2020 la segunda causa de discapacidad en el mundo desarrollado.

Pero es que a día de hoy el 15% de los trabajadores –tres millones en España– consume alcohol, hachís y/o cocaína hasta la adicción para soportar el estrés y la ansiedad que les provoca su jornada laboral, según la Organización Internacional del Trabajo. Y hasta el mismísimo Consejo General del Poder Judicial se ha planteado la posibilidad de evaluar la aptitud psicológica de los jueces al constatar que algunos sufren padecimientos psíquicos –ansiedad, depresión o patologías mayores– que pueden interferir en su trabajo. ¿Nos hemos vuelto locos?

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