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El Adolescente y su Grupo

José Carrión OteroAsistencia Psicológica en La Adolescencia.

Es en la adolescencia cuando el individuo experimenta un desarrollo evolutivo integral que pretenderá configurar la búsqueda de la propia identidad adaptada, en el mejor de los casos, a su entorno social y familiar. Dicho desarrollo abarca aspectos tanto físicos como cognitivos, emocionales y comportamentales.

Durante los primeros años de vida es sin duda la familia el espacio evolutivo donde el niño encuentra las claves necesarias que le permiten iniciar su largo proceso de socialización. Poco a poco se irán incorporando elementos ajenos al núcleo familiar, profesores y compañeros que completarán el grupo de referencia. Será en la preadolescencia (periodo que abarca de los 11 a los 13 años aproximadamente) cuando aparecerán los primeros esquemas de identificación y diferenciación, los primeros intentos de independencia de los criterios familiares a partir de la formación de juicios críticos distanciados de los modelos adultos y la capacidad de decidir por uno mismo. A partir de ahora, será el grupo de referencia o grupo de iguales el espacio social por excelencia que prevalecerá sobre los modelos familiares aunque éstos no desaparezcan completamente. El adolescente orientará los cambios y avances al ritmo de su grupo pero con la mirada puesta en sus padres en los que busca opinión aunque sólo sea para posicionarse en contra.

Son muchos los retos a los que el joven deberá enfrentarse para componer su estructura personal y social: definir las respuestas a los grandes interrogantes sobre uno mismo, potenciar y consolidar la propia imagen, esbozar una trayectoria profesional o de capacitación que le permita a medio plazo autogestionar su vida, conseguir la pertenencia a un grupo de iguales donde pueda crecer en continua interacción.

Delimitar el conjunto formado por “los amigos” no es siempre tarea fácil de conseguir a pesar de las claras ventajas que supone. La necesidad de pertenencia y aprobación social explicará muchos de los comportamientos que el adolescente deberá poner en marcha para ser “uno más” del grupo y poder optar así a dichas ventajas. El miedo al rechazo por parte del grupo puede condicionar comportamientos sociales anómalos que tienden al aislamiento y la evitación de cualquier opinión externa.

Con frecuencia el adulto censura y descalifica a los más jóvenes en términos de “inmadurez o falta de personalidad” porque actúan magnetizados por su grupo, sin comprender los esfuerzos que el adolescente realiza para pertenecer al mismo y poder así diferenciarse de lo que hasta ahora ha venido siendo.

… “Decido el color de mi pelo o si llevaré un tatuaje, dónde me haré un piercing, elijo la música que me acompaña en cada momento, defino la imagen con la que presentarme al mundo para que se me considere único y defiendo mi derecho a la diferencia. Decido a quiénes dedicaré mi amistad y serán ellos los que más referencias me aporten para conseguir todo esto”…

Cuando como padres descubrimos que se debilita nuestro alcance en una edad tan socialmente admitida como “inestable”, nos invaden los miedos anticipando y magnificando, a veces, los riesgos que correrán nuestros hijos. Es necesario permitir que despeguen del medio familiar para que aprendan las habilidades que les serán imprescindibles como futuros adultos. Si descalificamos por sistema todo aquello distinto de lo que propia familia aporta, estaremos restringiendo su avance como personas: funciona mejor opinar que censurar, ofrecer nuestro apoyo antes que prohibir. Si censuramos o bloqueamos todo acceso de nuestros hijos a su grupo es posible que se conviertan en extraños afectivos que nos niegan cualquier tipo de información. Siempre podemos acudir a un profesional especialista que nos oriente cuando creamos que la situación se nos escapa de las manos.

El grupo funciona como un clan más o menos organizado donde cada cual descubre que papel ha de desempeñar. Es en definitiva el mejor escenario para ensayar y adquirir las estrategias necesarias de competencia social con las que vamos a navegar por la vida; habilidades sociales básicas para sintonizar con los demás, habilidades de escucha y empatía, técnicas de comunicación y negociación, resolución de conflictos, expresión de afectos, defensa de los derechos individuales frente a la opinión contraria del propio grupo o de cualquiera de sus miembros y un largo etcétera.

Es en el grupo donde se terminan de esbozar los sistemas de creencias y valores que servirán de filtro para entender y procesar los diferentes acontecimientos que determinan el paso a la edad adulta. Del mismo modo se ensayarán y consolidarán los nuevos roles que aparecen como resultado de todo éste proceso.

… “Defino mi postura ante aspectos tan relevantes como mis convicciones religiosas, mis planteamientos ideológicos, mi decisión frente al tabaco, el alcohol y otras sustancias, perfilo las actividades que formarán parte de mi tiempo de ocio, mi decisión de estudiar o de abrirme paso en el desconocido mundo laboral, mi conducta sexual”…

El comportamiento heterosocial cobra en el grupo de adolescentes especial relevancia, es ahora cuando se produce la posibilidad de describir y elegir al compañero o compañera con quien aprender las claves que determinan una conducta sexual eficaz y satisfactoria. Recordemos que es en la adolescencia cuando el cuerpo se prepara para dar respuesta a su función reproductora. Será el grupo quien recoja y ponga en marcha toda la información necesaria, no siempre libre de mitos y falacias, además de establecer un sistema de aceptación y rechazo hacia los diferentes comportamientos sexuales. Se establecen los primeros pasos en la conducta de búsqueda, consecución y ajuste con la pareja deseada, las primeras experiencias afectivas y, en ocasiones, algún que otro desencuentro.

Podríamos concluir, en definitiva, que la organización grupal a estas edades, respondiendo al más puro instinto gregario, se traduce en el diseño de un espacio de aprendizaje imprescindible para el completo y adecuado desarrollo del individuo que tendrá la oportunidad de prepararse y capacitarse para recorrer su futuro inmediato como joven adulto. Será entonces cuando, con un cierto grado de independencia, decidirá por si mismo, menos influenciable por criterios externos y preparando para convivir en sociedad.

TDAH en el aula: Un reto educativo

Cinteco te propone dentro de sus Seminarios de Formación, un nuevo formato especialmente dirigido a profesionales del mundo educativo; profesores, orientadores, educadores, etc. Se trata de un curso de ocho horas impartido por Yolanda Soriano García, especialista de nuestro Departamento de Atención en la Infancia, el sábado día 25 de octubre en horario de mañana y tarde con un precio de 150 €.

Todos los avances realizados en el tratamiento del Trastorno por Déficit de Atención, con o sin Hiperactividad (TDAH), destacan la importancia de la intervención en el aula como elemento clave para conjugar objetivos terapéuticos y educativos. El aprendizaje en la detección del problema y el manejo adecuado por parte de los profesionales de la educación son el objetivo de nuestro curso que consta de los siguientes apartados:

El Trastorno por Déficit de Atención/Hiperactividad (TDAH) en el aula: Un reto educativo

1.- INTRODUCCIÓN

  • Evaluación diacrónica del concepto de hiperactividad
  • Directrices actuales para la definición del trastorno

2.- SINTOMAS FUNDAMENTALES

  • Los tres ejes
  • Dificultades asociadas
  • Curso de desarrollo: infancia, adolescencia y madurez

3.- PREVALENCIA

4.- ETIOLOGÍA

5. – COMORBILIDAD

6.- EVALUACIÓN

  • Colegio
  • Padres
  • Niños

7.- TRATAMIENTO

  • Técnicas cognitivo conductuales
  • Programa de entrenamiento con el niño
  • Programas de aplicación en la familia
  • Programas de aplicación en el aula
  • Psicofármacos

8.- INTERVENCIÓN EN EL AULA

  • Control de los antecedentes
  • Control de las consecuencias
  • Técnicas de autocontrol
  • Desarrollo de Lenguaje Interno como mediador de la conducta
  • Resolución de problemas
  • Control de ansiedad y respuestas emocionales
  • Habilidades sociales con iguales, familia y adultos

9.- COORDINACIÓN

10.- BIBLIOGRAFÍA

Preinscripción en el Seminario de TDAH en el aula: Un reto educativo

Abuso Sexual en la Infancia (A.S.I.)

Isabel Carrasco Cabeza del Departamento de Infantil de Cinteco resume las claves fundamentales para conocer y abordar de este asunto:
ABUSO SEXUAL EN LA INFANCIA (A.S.I.)

1. INTRODUCCIÓN

El abuso sexual en la infancia ha existido en todas las épocas y culturas y supone un fenómeno complejo resultante de una combinación de factores individuales, familiares y sociales. Entre un 15 y 20% de la población puede sufrir algún tipo de abuso sexual, aunque si ceñimos nuestra definición a conductas que interfieren en el desarrollo evolutivo del niño puede reducirse al 4-8%. Lo que supone un problema social (médico y psicológico) grave que afecta a ambos sexos. No obstante, los menores no sólo son las victimas de las agresiones sexuales, sino que también puede ser los que agredan sexualmente a otros niños. Así queda reflejado en los estudios demuestran que el 20% de los casos los provocan otros menores (López, 1997)

2. ¿CUÁNDO SE CONSIDERA QUE EL NIÑO/A SUFRE UN ABUSO SEXUAL?

Aunque no existe una definición universal de abuso sexual en la infancia todas las teorías incluyen dos criterios fundamentales:

COERCION: El agresor se aprovecha de su posición de autoridad para, mediante el empleo el la presión, el engaño y/o el uso de la fuerza física involucrar al niño en actividades sexuales que él normalmente desconoce.

ASIMETRÍA DE EDAD entre la victima y el agresor: Impide la verdadera libertad de decisión y hace imposible una actividad sexual consentida, puesto que hay un grado de madurez biológica y expectativas muy diferentes.

Bajo este concepto se incluiría el abuso de unos menores contra otros. Se considera como tal cuando hay una diferencia de 5 o más años cuando éste tenga menos de 12 años y de 10 años si supera dicha edad (López, 1998).

La actividad sexual puede incluir tocamientos o caricias de los genitales y /o partes intimas de los muslos, pechos, …. ( ésta es la forma más frecuente de abuso sexual infantil). También puede aparecer penetración, y actos sexuales que no impliquen contacto, como exhibicionismo y voyerismo.
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¿Cómo conseguir que mi hijo adolescente acuda a consulta?

José Carrión Otero coordinador del Departamento de Asistencia Psicológica en la Adolescencia nos propone una reflexión para trabajar con los padres este interrogante.

A menudo nos encontramos con importantes dificultades para que nuestros hijos adolescentes acepten las indicaciones que les hacemos en lo que se refiere a su comportamiento, sus estudios, su salud, en definitiva, la manera que tienen de gestionar su vida. Es posible que estas resistencias sean simplemente una característica de su edad, de la necesidad de identificarse como personas independientes que muestran su criterio frente al nuestro.

El problema surge cuando, desde nuestra opinión, se están produciendo conflictos relevantes que requieren valoración profesional y, en su caso, intervención terapéutica: conductas de trasgresión y no adecuación a límites y normas en el medio familiar, fracaso académico, descargas agresivas, comportamientos de riesgo y cualquier otro aspecto que afecte a su desarrollo evolutivo y su bienestar personal. Probablemente ellos no admitan que está ocurriendo conflicto alguno y no quieran saber nada de acudir al especialista, suelen argumentar que a ellos no les ocurre nada y que el problema es nuestro.

Se plantean dos interrogantes:

  • ¿Cómo conseguir que acudan a consulta?
  • ¿Es posible abordar el problema sin su colaboración?

Para afrontar la primera cuestión, lo  aconsejable es buscar el momento adecuado y exponer con franqueza a nuestros hijos el nivel de preocupación que sentimos sin responsabilizarles directamente, informándoles de nuestra intención de buscar ayuda y de nuestro deseo que ellos se incorporen en el proceso de solución. Es conveniente respetar su decisión aunque no sea la que nos gustaría escuchar, un profesional, difícilmente va a poder intervenir sobre objetivos de cambio con un adolescente sin percepción de problema y sin motivación para iniciar tratamiento. No debemos engañarles, ni “comprarles” para conseguir que accedan. Sí nosotros empezamos a cambiar, es posible que se incorporen mas adelante.

Sobre la segunda cuestión, es factible trabajar sin la incorporación del adolescente al proceso terapéutico, cambiar nuestra actitud, nuestra manera de manejar los conflictos pueden ser factores decisivos para ayudar a nuestros hijos. Los padres  pueden aprender a responder con eficacia a las situaciones que los adolescentes plantean, gestionar sus demandas, establecer límites que funcionen y adoptar el papel más adecuado en una situación crítica.

Para comprender y afrontar con eficacia los retos del adolescente es necesario un cambio de rol por nuestra parte, dejamos de ser su único referente y competimos ahora con su grupo de iguales. Sólo desde el esfuerzo por adaptarnos a las nuevas demandas podremos mantener con eficacia  nuestro criterio, tan cuestionado y tan importante a la vez en sus decisiones.

AREA DE ASISTENCIA EN LOS TRASTORNOS DEL LENGUAJE, DEL DESARROLLO Y DE LA LECTOESCRITURA

Cinteco presenta a partir del mes de junio su nuevo equipo de especialistas en intervención sobre los problemas del lenguaje, la comunicación y el desarrollo, de la mano de su coordinadora Pilar Gerez Taravilla.

La importancia del desarrollo de las competencias comunicativas y del lenguaje en la capacidad del ser humano para adaptarse al medio en el que se desenvuelve es un hecho indiscutible en nuestros días. Históricamente, se ha dado una elevada importancia a la detección temprana y a la estimulación de aquellas alteraciones en el desarrollo que han repercutido en el funcionamiento comunicativo y global del niño.

Mantener un enfoque evolutivo facilita la comprensión y correcta estimulación de los diferentes hitos en el desarrollo del lenguaje, de la interacción social y de la lectoescritura. Es nuestro propósito, atender estas afectaciones a partir de la reflexión sobre el desarrollo típico y de cómo, éste, se ve alterado en algunos niños.

En nuestro departamento realizamos la evaluación, diagnóstico y tratamiento de las personas con trastornos del lenguaje oral y escrito. El abordaje de las dificultades que se describen se hace en coordinación con la familia y la escuela asegurando que los objetivos de intervención se orientan de manera conjunta.

En etapas iniciales del desarrollo atendemos: afectaciones del lenguaje receptivo y expresivo (retraso del lenguaje, TEL, trastorno fonológico) y trastornos generalizados del desarrollo.

En etapas posteriores, los objetivos de estimulación se centran en la correcta adquisición de la lectoescritura en niños con Trastornos del Lenguaje, o bien en la superación de las dificultades asociadas a la Dislexia y a la Disgrafía. De forma paralela, se aborda el tratamiento de la inadecuada integración del bilingüismo en aquellos niños que presentan Retraso en el Lenguaje cuando están expuestos a varias lenguas.

¿Estamos todos locos?

parte del equipo de Cinteco entrevistado por El País

Luz Sánchez-Mellado para El País Semanal – Fotografía de Daniel Sánchez

Necesitamos hablar. Más que nunca. Psicólogos y psiquiatras están desbordados. Cada vez más gente pide ayuda para soportar el estrés, la incomunicación y el dolor de vivir.

Ángel lo tiene todo. Un matrimonio feliz, dos niños de anuncio, un piso con la hipoteca pagada y un sueldo de funcionario de por vida. Aún es joven, tiene 40 años y dos meses contados, y, aparte de unos triglicéridos rebeldes, está razonablemente sano. Pero el día de su último cumpleaños se sintió morir. El corazón se le salía. Le faltaba el aire. Le dolía el pecho. Sudaba. Tiritaba. Le iba a dar un infarto. Su mujer le llevó a urgencias. Dos horas después, Ángel salía cabizbajo con el alta en la mano. No la firmaba ningún cardiólogo, sino la psiquiatra de guardia. El diagnóstico es concreto: crisis aguda de ansiedad compatible con trastorno ansioso depresivo.

La doctora prescribe ansiolíticos y antidepresivos, y recomienda asistencia psicológica complementaria. Deriva al médico de familia para que siga al paciente y valore la pertinencia de una baja laboral. “Nada más verme llamaron a la psiquiatra, que me dio un tranquilizante y me metió en un cuarto a que me calmara. Fue después cuando me preguntó qué me pasaba. Le dije que me daba miedo morirme, que me sentía incapaz de cuidar de mis hijos, que no podía con mi vida. Estuvo correcta, profesional, rutinaria. Me pareció que veía casos así todos los días”, dice Ángel. En efecto, es uno de tantos.

Los saturados servicios de urgencias de los hospitales llevan tiempo prestando cada día los primeros auxilios a personas con otro tipo de sufrimiento. Un dolor no exactamente o no del todo carnal. Un sinvivir que no da la cara en los análisis, ni en las radiografías, ni en el más sofisticado escáner. Los esquivos, inasibles padecimientos del alma.

La psiquiatra que atendió a Ángel, sus colegas de los centros de salud mental públicos y privados y los psicólogos de los centenares de gabinetes que han proliferado hasta en el barrio más humilde de la ciudad no dan abasto. Están a rebosar. Todo el mundo tiene un pariente, un amigo o un conocido que está de baja por depresión o estrés, alguien cercano que se “ha quebrado” o está “mal de los nervios”. No es un asunto para pregonar, pero tampoco un secreto de Estado.

El goteo de noticias es constante. Un vistazo a algunos titulares de las últimas semanas resulta demoledor. La Encuesta Nacional de Salud certificaba en marzo que el 20% de los españoles tiene propensión a sufrir trastornos relacionados con la salud mental. En plata: uno de cada cinco encuestados confiesa que se siente habitualmente triste, nervioso, atemorizado, en vilo. Fatal. El Ministerio de Sanidad alerta sobre el desaforado consumo de psicofármacos, que se ha multiplicado por tres en la última década. La Organización Mundial de la Salud pronostica que la depresión será en 2020 la segunda causa de discapacidad en el mundo desarrollado.

Pero es que a día de hoy el 15% de los trabajadores –tres millones en España– consume alcohol, hachís y/o cocaína hasta la adicción para soportar el estrés y la ansiedad que les provoca su jornada laboral, según la Organización Internacional del Trabajo. Y hasta el mismísimo Consejo General del Poder Judicial se ha planteado la posibilidad de evaluar la aptitud psicológica de los jueces al constatar que algunos sufren padecimientos psíquicos –ansiedad, depresión o patologías mayores– que pueden interferir en su trabajo. ¿Nos hemos vuelto locos?

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