Son muchos los casos que atendemos en los que la pareja busca ayuda cuando aparece una situación de crisis puntual que produce un desajuste en la vida cotidiana, que desborda a la pareja. Sus miembros se sienten invadidos por la situación y la pareja no cuenta con las habilidades suficientes para hacerle frente. Nos referimos a situaciones como por ejemplo el consumo excesivo de sustancias, el descubrir que la pareja es adicta al sexo en internet, que juega a las máquinas tragaperras, que se queda en paro, que aparece una enfermedad grave, o la peor, que está siendo infiel.
Sin embargo existen otro tipo de crisis más “silenciosas”, que van apareciendo de manera gradual, que se mantienen de una manera más crónica, que van mermando la felicidad y haciendo más difícil y costosa la convivencia.
Aunque resulta imposible hacer una clasificación de los conflictos en la relación, si que se conocen algunos de los procesos de interacción y algunas situaciones específicas que aumentan la insatisfacción y la probabilidad de que la relación se vaya deteriorando hasta el punto de poder llegar a vivir una crisis con riesgo de una ruptura de la propia relación.
Estos procesos de interacción producen una consecuencia de gran impacto en la convivencia: bloquean el intercambio de gratificaciones entre los miembros de la pareja. Si uno siente que el otro le ha dañado, difícilmente se va a mostrar cariñoso y cercano al otro/a. Parece que hasta que no se reduce o desaparece dicho malestar, no se da positivo al otro.
Hay que tener en cuenta que a lo largo de la vida en pareja es muy frecuente que surjan desacuerdos y por qué no, crisis. Además, estas actúan como señal de que hay un problema en la relación que hay que resolver. Cuando nos encontramos a algunas personas que presumen de que su relación nunca ha tenido un momento malo, quizá lo que oculte esa convivencia a todas luces envidiable es una falta de comunicación y confianza.
Algunos de los “indicios” que pueden avisar de que se está desgastando gravemente la relación son:




