Cuando el cuerpo les habla, el (auto) diagnóstico siempre conduce a la muerte. La preocupación excesiva y constante por la enfermedad es un trastorno psicológico.
Vigilar la salud o temer estar enfermo es un rasgo inherente al ser humano, que aspira a vivir en las mejores condiciones posibles. El problema surge cuando se cruza la línea de la ocupación por la salud y se pasa al terreno de la preocupación excesiva y constante, que lleva a la persona a interpretar simples molestias como síntomas inequívocos de una terrible enfermedad cuyo desenlace será la muerte. En ese caso, la persona sí padece una enfermedad, pero psicológica, la hipocondría.
perfil
Son personas muy creativas emocionalmente. Su mente fértil es capaz de configurar un cuadro clínico perfecto a través de los síntomas que creen padecer.
Psicología obsesiva. La preocupación tiene un carácter obsesivo, el enfermo vive siempre pendiente. Si se acompaña de síntomas de patología obsesiva, puede ser un trastorno obsesivo-compulsivo.
Base genética. Aunque es una enfermedad desconocida, es probable que la vulnerabilidad a padecer hipocondría tenga bases genéticas y relacionadas con el aprendizaje.
Dicen los expertos que, como cualquier trastorno psicológico, su diagnosis no resulta sencilla. “En la hipocondría, la paleta de grises es enormemente amplia”, señala el psiquiatra Manuel Valdés, de la Sociedad Española de Psiquiatría Biológica. Y es que enfundarse una bata imaginaria y autodiagnosticarse una enfermedad en base a los síntomas que se experimentan es una costumbre antediluviana. Mucosidad excesiva y tos, catarro; fiebre y dolor de garganta, faringitis o laringitis. Pese a las recomendaciones contrarias, incluso se pasa a la automedicación. Los diagnósticos del hipocondríaco, en cambio, van un paso más allá. Por ejemplo, si un dolor de cabeza les dura más de lo esperado o creen que es un dolor más punzante de lo habitual, pueden pensar que la jaqueca es una señal de un tumor o un ictus. La hipocondría es un brebaje de miedo-enfermedad-creatividad que resulta explosivo para quien la padece. “A la hora de diagnosticarse, los enfermos tienden a ponerse siempre en lo peor, en lo más cercano a la muerte”, explica Valdés, y señala que si antes la enfermedad por excelencia era el sida, ahora lo es el cáncer.
somatizador
A diferencia del hipocondríaco, este enfermo sí tiene síntomas físicos que no tienen explicación médica suficiente, lo que lo convierte en un asiduo de los hospitales.
La catedrática de Psicopatología de la Universitat de València (UPV) Amparo Belloch considera que la línea se cruza cuando el enfermo no puede casi pensar en otra cosa más que en la posibilidad de estar enfermo “durante un periodo de tiempo que, en los manuales, se estima de seis meses”. A partir de ahí surgen las dudas. ¿Es el hipocondríaco una persona que adora la enfermedad?, ¿que siente pánico de la vida?, ¿o de la muerte? En general, es un ser atormentado por la singular relación que fragua con la enfermedad: le aterra, pero la convierte en el eje de su vida. “La hipocondría es el enamoramiento de la propia enfermedad”, decía Sigmund Freud. Belloch le rebate con contundencia: “El hipocondríaco está tan preocupado por la muerte que es casi incapaz de disfrutar de la vida”. Su creencia de que la muerte le aguarda a la vuelta de la esquina es tan firme que llega a modificar su vida. Evita hacer actividades que cree que pueden agravar su estado, “con lo que, además, se aísla, y es muy posible que acabe deprimiéndose”, destaca.




