El organismo de los mamíferos está diseñado de manera que la capacidad de desarrollar una intensa reacción de estrés en tan sólo unos segundos suponga una ventaja evolutiva y aumente nuestra capacidad de supervivencia.
En el caso de una gacela que pasta en la sabana, el crujido de la pata de un felino al pisar una ramita seca desencadena en décimas de segundo una reacción corporal que prepara para al animal para la huida: se tensan los músculos, aumenta el ritmo cardíaco y de la respiración… Si se trata de un ser humano la reacción puede desencadenarse por una forma extraña en medio de la autopista mientras conducimos a 120 kilómetros hora y el estrés que produce podrá salvarnos la vida. En este tipo de reacción de alerta intensa pero corta la adrenalina y sus derivados son los protagonistas.
Sin embargo, existe otro tipo de estrés de baja intensidad que se prolonga en el tiempo y da lugar a una reacción química corporal de distinta naturaleza. El estilo de vida actual favorece este tipo de estrés. En la selva urbana de hoy en día son las presiones de nuestros superiores, las dificultades en las relaciones interpersonales, la falta de tiempo para descansar y “desactivar” el cuerpo, la inmediatez de las comunicaciones y la necesidad de estar permanente conectados… lo que nos produce un estado de alerta mantenido a base de sustancias de estrés de efecto más prolongado: corticoides, hormonas tiroideas…
Estas sustancias entran en juego para intentar mantener al organismo en ese estado permanente de alerta y su influencia sobre nuestra de salud física y mental es conocida. Si los factores estresantes se mantienen en el tiempo, aparecerá la FASE DE AGOTAMIENTO de esta reacción fisiológica.






