En psicoterapia es prácticamente imposible no realizar intervención sobre aspectos de la personalidad del paciente en algún momento del proceso terapéutico. De hecho, en terapia cognitivo-conductual es muy importante el patrón de pensamientos, sentimientos y conductas que pertenece a una persona, que tiende a ser estable a lo largo del tiempo y de diferentes situaciones, pues determina la respuesta a los acontecimientos vitales, tiene que ver con las vulnerabilidades personales y con la colección de estrategias para afrontar situaciones estresantes y problemas de la vida diaria. Esto se hace más patente cuando la persona que acude a consulta presenta dificultades que tienen relación con su forma de ser, de tomarse las cosas, relacionarse, pensar sobre sí mismo y los demás.
Ese patrón estable de características psicológicas muy arraigadas y difíciles de cambiar, que se expresan en todas las áreas de funcionamiento de la persona, es la personalidad. Debemos decir que la personalidad es un continuum y no es fácil establecer un punto que separe de forma definida lo normal de lo patológico. Cuando los rasgos de personalidad se encuentran hacia el extremo del continuum hablamos de Trastornos de la Personalidad, es decir, rasgos inflexibles y desadaptativos, omnipresentes, de inicio temprano, resistentes al cambio y que provocan malestar clínicamente significativo o deterioro funcional.
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