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Fracaso Escolar

“Por fracaso escolar se entiende normalmente el hecho de no lograr el título académico mínimo obligatorio de un sistema educativo. En el caso español, se habla de fracaso escolar para referirse a quienes no obtienen el título final de la Educación Secundaria Obligatoria (ESO), que se obtiene tras cursar con éxito 10 cursos de educación obligatoria”. Esta definición encierra en sí misma un cuestionamiento, empezando por la propia expresión “fracaso escolar” y el estigma que implica, pues parece señalar que quienes no alcanzan un título educativo se están convirtiendo en personas fracasadas. Además, parece llevar la responsabilidad sobre el logro educativo hacia los estudiantes, no teniendo en cuenta que el éxito escolar es un proceso en el que, aparte de los estudiantes, también intervienen los profesores, la gestión de los centros educativos, las autoridades educativas, las políticas educativas y las familias. Sería más ajustado hablar de “alumnos que abandonan el sistema educativo sin la preparación suficiente”.

El principal motivo de consulta psicológica en la etapa infanto juvenil es, sin ninguna duda, la preocupación que muestran los padres por los problemas en el rendimiento académico de sus hijos, y por las conductas relacionadas con el estudio. Adaptación escolar, absentismo, etc.

El fracaso escolar aumenta en España de forma alarmante. Cada vez son más los niños de primaría y sobre todo de secundaria, que no consiguen los objetivos académicos propuestos para su nivel y edad. El fracaso escolar en la infancia puede tener diferentes causas, aunque las más reseñables son: los trastornos emocionales o psicológicos, los trastornos del aprendizaje, los trastornos de la comunicación, los trastornos orgánicos como el TDA-H y los factores intelectuales.

Problemas psicológicos:

En los niños más pequeños el rechazo al colegio puede presentarse por problemas de ansiedad como Ansiedad de Separación .En este trastorno el niño tiene mucho miedo a separarse de los padres y presenta síntomas físicos como dolor de tripa, vómitos, dolor de cabeza, etc. Este miedo hace que no quiera ir al colegio y que pase largas temporadas en casa.

La Depresión es otra causa psicológica en la infancia que produce desinterés, apatía, tristeza, irritabilidad…. en el niño, haciendo   muy difícil atender a la demanda académica.

Los problemas conductuales, déficits en habilidades sociales y cuadros de fobia académica, son otros factores determinantes. En la adolescencia, aparecen nuevos factores que subyacen al fracaso escolar. Como son los problemas relacionados con el autoconcepto y la imagen, actitudes persistentes y negativas frente al estudio, problemas de relación familiar, acoso en el aula, conductas de riesgo que pueden aflorar en estas edades, como el consumo de sustancias, etcétera.

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Depresión en la Infancia

1.1 Introducción. ¿Existe la Depresión Infantil?

La depresión ha comenzado a ser un problema creciente en las sociedades desarrollados ya que, además de producir infelicidad severa a muchas personas (se estiman que 100 millones en el mundo la padecen) supone una fuente de preocupación y pérdidas desde un punto de vista social y comunitario. Pero lo más  preocupante, es que esta tasa de crecimiento ascendente afecta también al mundo de los niños. Dos de cada cien niños y cinco de cada cien adolescentes padecen depresión (Kashani y Schmid, 1995, Del Barrio 2000 ). Este hecho es tan difícil de entender y aceptar que durante mucho tiempo se ha negado la existencia de la depresión en los niños y sólo se admitía su comienzo en la adolescencia.

Se creía que los niños eran seres carentes de preocupaciones puesto que no tienen responsabilidades. Este razonamiento podría ser cierto pero desgraciadamente no lo es. El niño está lleno de preocupaciones, incluso más que un adulto, puesto que su desarrollo cognitivo no le permite encontrar explicaciones racionales a gran parte de las cosas que le ocurren, además de preocuparse no sólo por los problemas reales, sino también por los imaginarios. Esto puede  generarle un sentimiento de inseguridad y conducir a emociones negativas y por lo tanto a la depresión.

Desde la perspectiva científica, durante mucho tiempo, los expertos negaron la existencia de la depresión infantil por razones teóricas. No obstante, ya en los años cuarenta, aparecen las primeras descripciones de  la Depresión Infantil. Dos psicoanalistas (Spitz y Wolf, 1946) observaron cómo algunos niños pequeños separados de las madres por ingreso en instituciones presentaban un importante cambio en su comportamiento : lloro, desinterés, apatía, descenso del apetito, retraimiento y estancamiento en el desarrollo físico. Se le denominó Síndrome de Hospitalismo.

Por otro lado, Bowlby (1958) encontró un fenómeno similar que presentaban niños que ya habían establecido un vínculo de apego con la madre y  habían sido separados de ella. Posteriormente,  estudios de Wiggins y Winder (1961) y Seligman (1966) encontraron también un factor de depresión en el análisis de los datos procedentes de sociogramas aplicados en aulas.

Pero a pesar de todas estas aportaciones, no es hasta los años setenta , cuando este trastorno es reconocido formalmente y comienzan a realizar estudios sistemáticos del mismo. Es en esta década, cuando desde la psicología; y no sólo la psiquiatría, que hasta ese momento acaparaba el estudio de la depresión infantil; y más concretamente desde perspectiva cognitiva,(Teoría de la indefensión aprendida, Seligman, 1975)  aparecen nuevas formas de entender la depresión en niños.

Así,  comienzan  a surgir numerosas investigaciones que han hecho posible que actualmente tengamos una idea más clara sobre qué es la depresión infantil, su prevalencia y los métodos para su evaluación y tratamiento.

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Consumo Perjudicial de Alcohol

La mayoría de la población española consume bebidas alcohólicas esporádica o habitualmente y, aunque en  los últimos años ha descendido globalmente la proporción de consumidores de alcohol, la frecuencia de episodios de consumo intensivos (borracheras) ha aumentado,  especialmente entre los jóvenes.

Según el Informe de 2007 del Observatorio Español Sobre Drogas, el consumo per cápita de bebidas alcohólicas sigue una tendencia descendente desde hace bastantes años, pasando de 99,8 litros en 1996 a 90,1 litros en 2006. Igualmente ha descendido la extensión del consumo de alcohol entre los estudiantes de 14-18 años, pasando la prevalencia de consumo en los últimos 12 meses de 82,7% en 1994 a 74,9% en 2006, y en los últimos 30 días de 75,1% a 58,0%.  Sin embargo, entre los estudiantes de 14-18 años continua la tendencia ascendente de las borracheras. Así, entre los que habían tomado bebidas alcohólicas en los últimos 30 días la proporción de los que se habían emborrachado en ese mismo período pasó de 27,6% en 1994 a 41,9% en 2004 y 44,1% en 2006.

La elevada prevalencia del consumo se relaciona con el amplio arraigo social de este hábito, con la fácil disponibilidad del alcohol y con la percepción generalizada de que ciertos tipos de bebidas forman parte de las pautas de alimentación y de diversión. Por otra parte, se aprecia, sobre todo en los jóvenes, un cambio en los patrones de bebida tradicionales hacia el modelo de bebida anglosajón (beber el fin de semana cantidades muy importantes de alcohol hasta llegar a la embriaguez). En España beber es un acontecimiento social que gusta hacerlo en compañía, bebiendo despacio, saboreando la bebida, etc., mientras que en los países anglosajones se utiliza más como una forma de evasión.

Cuando hablamos de consumo de alcohol, nos referimos al consumo de bebidas que contienen alcohol etílico o etanol.

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Anorexia y embarazo: reflexiones y retos

La doctora Orlanda Varela del departamento de Asistencia Psiquiátrica nos propone esta revisión.

No podemos negar nuestra pertenencia al reino animal (por mucho que nos confundan las diferencias). El ser humano está sujeto a las normas de la naturaleza como cualquier otro mamífero.

La ley del más fuerte, que en tantas ocasiones la Ciencia Médica tiene el espejismo de burlar, alcanza su máximo rigor aplicada a la reproducción.

Algunas actividades fisiológicas no son necesarias para la supervivencia del individuo durante la hambruna; por tanto la naturaleza les otorga la mínima prioridad cuando los alimentos escasean o su obtención está sujeta a demasiada incertidumbre. El almacenamiento de grasa y la reproducción son “lujos” en los que no se “invierte” energía.

Para una hembra de mamífero completar un ciclo reproductivo desde la concepción hasta la lactancia y crianza de su prole es unos de los retos más energéticamentes costosos que afrontará durante su vida.

En la naturaleza, tanto la desnutrición como el acceso demasiado irregular a los alimentos detienen la ovulación e inhiben la conducta sexual femenina. El rigor con el que se prima la supervivencia del individuo puede llegar a inhibir los intentos de reproducción incluso cuando la concepción ya ha tenido lugar evitando la implantación, produciendo la reabsorción del embrión o alterando los comportamientos de maternaje de las hembras.

Sin embargo, la infertilidad resultante de una deficiente nutrición es reversible y el individuo infertil, por lo general, no está enfermo (la reproducción se inhibe antes de que se deteriore su estado de salud general). El designio natural parece reservar su capacidad reproductiva para una situación en la que las probabilidades de éxito de su prole sean más favorables.

Esta realidad cobra una importancia sustancial para las personas que a lo largo de su vida han alterado su patrón alimentario hasta alcanzar el diagnóstico de un Trastorno de Conducta Alimentaria (anorexia, bulimia u otras alteraciones mixtas o de carácter más leve) y desean un embarazo. La superespecializada medicina moderna puede no ser capaz del abordaje holístico que necesita esta problemática y los “mitos” y creencias en torno tanto a la anorexia como al embarazo en sí pueden confundir y perjudicar a estas pacientes. Así, con frecuencia los familiares y parejas de personas que sufren anorexia se aferran a la idea de que tener un hijo sólo puede ayudar a “quitarse tonterías de la cabeza” o de que durante el embarazo “hay que comer por dos”, cosa que la embarazada podrá asumir sin dificultad.

Se calcula que la prevalencia de Trastornos de Conducta Alimentaria en las mujeres en edad reproductiva de los llamados “Países desarrollados” alcanza el 5%. ¿Qué deben esperar de sus intentos de quedarse embarazadas?, ¿Qué deben saber de los riesgos especiales que entraña el embarazo en su situación?, ¿Cómo prevenir las posibles complicaciones?.

Lo primero que habría que decir es que considerando ese 5%, que incluye primordialmente casos leves y una minoría de casos graves, la mayoría de las mujeres con algún trastorno de conducta alimentaria tienen embarazos normales y bebés sanos.

Sin embargo, nos interesan los posibles problemas porque es la información lo que nos permite prevenir y minimizar el riesgo de esa otra minoría de embarazos y partos con alguna dificultad.

1. Quedarse embarazada:

La causa más habitual de problemas de fertilidad en aquellas mujeres que tienen síntomas activos de un trastorno de conducta alimentaria es la amenorrea (falta de menstruación y, lo que es más importante, de ovulación). En ocasiones puede ocurrir que las pacientes tienen sangrados más o menos regulares pero no todos se corresponden con ovulaciones normales.

Otras mujeres atravesaron épocas peores con respecto a la comida a lo largo de sus vidas y se encuentran mejor. A pesar de que mantienen comportamientos y actitutes disfuncionales con respecto a la alimentación, su imagen corporal y a la posibilidad de engordar, su integridad física no parece estar en peligro (han sobrevivido al riesgo de mortalidad de la fase más aguda). Sin embargo, tienen problemas para quedarse embarazadas, a veces incluso con ciclos menstruales aparentemente normales y un peso casi normal.

Aunque durante un tiempo se barajó la hipótesis de que existía un peso y un porcentaje de grasa corporal mínimos en términos reproductivos, actualmente existe suficiente evidencia científica para saber que estábamos equivocados. No es una cuestión de peso ni de composición grasa, ni siquiera, estrictamente, de cantidad de comida, sino de balance energético positivo estable (que los ingresos energéticos superen a los gastos con cierta regularidad a lo largo del tiempo), más específicamente: de disponibilidad a corto plazo de combustibles oxidativos. Cuando el cuerpo recibe frecuentemente nutrientes cuya oxidación garantiza un balance energético positivo, la fertilidad no se ve entorpecida por la alimentación. Si sometemos al organismo a largas horas de ayuno o a un ingreso de nutrientes que no cubre, o lo hace a duras penas, las necesidades energéticas cotidianas estamos poniendo en peligro nuestra capacidad de gestar y de llevar adelante la gestación con éxito.

Algunas de las personas que encuentran dificultades en quedarse embarazadas recurren a técnicas de reproducción asistida. Diversos estudios han demostrado una menor eficacia de la FIV (fecundación in vitro) tanto en las personas con sobrepeso como en aquellas con un IMC (Índice de Masa Corporal, que relaciona peso y altura) demasiado bajo.

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