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Quererse mejora nuestra salud

Susana Pradera Salazar

Psicóloga Especialista en Psicología Clínica

Área de Asistencia Psicológica en la Edad Adulta

La salud, no es sólo la no presencia de enfermedad. Para los profesionales dedicados a la salud en “sentido amplio”, la salud hace referencia a una calidad de vida y un bienestar suficiente, no sólo para no padecer una enfermedad, sino para llevar una vida plena y satisfactoria. Desde este punto de vista podríamos hablar de dos vías de trabajo en el campo de la salud: la prevención, que nos llevaría a tener una buena calidad de vida y la intervención, que abordaría el tratamiento de la enfermedad en sí. Nuestro sistema, no sólo sanitario sino también social, hace más hincapié en la intervención pues es lo que presenta aparentemente mayores complicaciones. Es cierto que cada vez se presta más atención a la prevención, aunque aún esa misma prevención está muy orientada a los aspectos más relacionados con la intervención. Es decir, en la prevención se aborda aquello que nos puede llevar a no padecer enfermedad, pero no se cuida tanto aquello que nos puede garantizar una vida saludable y un bienestar suficiente. En ese sentido uno de los aspectos fundamentales, muy nombrado hoy en día, pero poco considerado en los ámbitos estrictamente sanitarios, es la Autoestima.

Si buscamos en el diccionario la definición de autoestima aparece como “aprecio, afecto o consideración que se tienen hacia uno mismo.”

Este término tan manido en nuestros días, refiere por tanto, aspectos que son difíciles de concretar. Hace alusión a la consideración que de nosotros mismos tenemos y esta consideración viene determinada por elementos de todo tipo, la familia, la educación, el entorno, las ideas que se nos han transmitido, las experiencias vividas… Pero dejar en manos de las circunstancias personales de cada individuo, la formación de una buena autoestima puede ser arriesgado. Y de hecho, eso es algo que vemos de forma patente en nuestros despachos profesionales. La mayoría de las personas que acuden al psicólogo tienen alguna dificultad respecto a cómo se valoran a sí mismos. Y es que los aprendizajes más importantes de nuestra vida, no se adquieren fácilmente. No se insiste suficientemente, hoy en día en la educación, en los aspectos que tienen que ver con el desarrollo de la persona. Como he referido anteriormente, esto tendría relación con una prevención en un sentido más amplio, no sólo en cuanto a la ausencia de enfermedad, sino a una buena calidad de vida.  ¿Dónde hemos aprendido a querernos a nosotros mismos? Lo primero que nos viene a la cabeza es en la familia, pero, ¿eso es exactamente así? En muchos casos nuestros progenitores no son conscientes de la importancia de esta realidad y además, ya comento con anterioridad, que la formación de la autoestima no se debe únicamente a la familia, a los mensajes recibidos en ella y a los modelos transmitidos. La presión social, también es un factor determinante y de hecho, se confunde en muchas ocasiones ese “aprecio o afecto” por uno mismo con egoísmo, pues nuestra cultura nos ha impregnado de valores como el servicio, la entrega, la humildad, que se han considerado como incompatibles con el quererse a uno mismo. Aunque en realidad, esto no es exactamente así. De hecho, cuanto más conscientes seamos de nuestro valor como personas, más podremos aportar a los demás. Pero sin querer hacer excesivo hincapié en el desarrollo de nuestra autoestima, sí que resulta importante destacar que, al ser conscientes de cuántos elementos han intervenido en la formación de la misma, nos podemos dar cuenta de todo lo que se necesita trabajar para poner a punto ese elemento tan importante en nuestra vida emocional. Según la complejidad de las manifestaciones o síntomas, esa puesta a punto puede llegar a ser toda una intervención. Es como operar la columna vertebral de nuestra vida emocional. Es una tarea delicada y que necesita de un buen profesional.
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Para padres con hijos adolescentes

Belén Acevedo Canto

Departamento de Asistencia en la Adolescencia

En el tiempo que llevo como terapeuta de adolescentes he visto en muchas ocasiones una desconexión entre los padres y los hijos de esta edad, es como si estuvieran en emisoras diferentes, con lo cual se dificulta mucho la comunicación y la comprensión entre ambos; por eso este artículo está dedicado a los padres con hijos adolescentes, para hablarles de diferentes aspectos que les van ayudar a ponerse en la misma emisora que sus hijos, a empatizar con ellos y a mejorar su relación.

Como introducción decir que en la Adolescencia, además de los cambios a nivel físico, se van a dar otro tipo de cambios: a NIVEL SOCIAL: va a producirse un “distanciamiento de los padres”, siendo éste, tanto físico como psicológico; como contrapartida hay un “acercamiento a su grupo de iguales”. En el aspecto social, esta es la edad en la que el individuo vive unido al grupo en mayor grado que en ningún otro momento de su vida.

La identificación con el grupo, es una pieza clave de otro de los cambios a NIVEL PERSONALIDAD que se da en este período: “la búsqueda de la identidad”, la relación con el grupo les lleva a descubrirse a sí mismos como separados e independientes de los padres, surgiendo de esta manera un tercer concepto de desarrollo social: “la autonomía”.

Y una vez hecha esta introducción os propongo:

  • Que no personalicéis, y que tratéis de “no entrar al trapo”, cuando se opongan o cuestionen cosas que les decís: una clave propia de la ubicación que tienen en el mundo es “negarse a las cosas que hasta entonces hacían sin ningún problema, y cuestionar lo que dice el adulto, esto no es “mal carácter”, tiene que ver con esa búsqueda de identidad de la que hemos hablado.
  • Huid de los extremos: no seáis ni demasiado controladores, ni demasiado permisivos. El control fomenta la dependencia, y esa dependencia no está mal cuando es hacia los padres, pero estáis fomentando esa manera de funcionar en vuestros hijos no solo con vosotros si no con cualquiera (amigos, pareja, compañeros de trabajo, etc…), de tal modo que os alejáis de vuestro objetivo como padres: potenciar la autonomía y la independencia de vuestros hijos.

El no poner límites tiene también consecuencias, el que aprendan que todo vale, y que pueden hacer lo que quieran, cuando quieran y como quieran, a largo plazo desemboca en una baja tolerancia a la frustración y a que cuando algo no les sale como ellos quieren no son capaces de afrontarlo.

  • No amenacéis con castigos que  no vais a ser capaces de cumplir. Y tener en cuenta que en estas edades el castigo no suele funcionar, es mejor tratar de negociar y llegar juntos a acuerdos.
  • No reforcéis solamente los logros académicos; el sacar buenas notas está bien, pero no sólo esto es importante. Esforzaos en ver cosas que os gustan en vuestros hijos y hacédselo saber. Otra de las cosas que les está ocurriendo en esta etapa es que no están muy boyantes de autoestima, así que es bueno que vosotros la incentivéis.
  • Aunque vuestra intención como padres sea buena, hay que controlar el impulso de ir por delante de la carretera alisando los baches para que  no tengan ningún percance; es bueno que tengan problemas,  que se equivoquen y que aprendan a afrontarlo. Si en la infancia el aprendizaje se realiza por “modelos” que se imitan, ahora es por “ensayo-error” y si no se equivocan no aprenden.
  • Respetar la intimidad de su habitación. Ya sé que a veces son muy herméticos, no cuentan nada y lo que buscáis es información que os tranquilice sobre que vuestros hijos no andan metidos en nada raro. Pero no hay que buscar, hay que encontrar y llegado el caso actuar en consecuencia.

Para fomentar el que sean ellos los que os den información, tenéis que practicar la “escucha activa”, que consiste en no interrogarlos, y escuchar lo que os cuenten sin criticar y juzgar; si lo hacéis  ellos por sí solos cada vez os contarán más cosas y no os mentirán. La información que obtengáis de todo lo referente a ellos es valiosísima para intervenir tempranamente en caso de problemas.

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El Adolescente y su Grupo

José Carrión OteroAsistencia Psicológica en La Adolescencia.

Es en la adolescencia cuando el individuo experimenta un desarrollo evolutivo integral que pretenderá configurar la búsqueda de la propia identidad adaptada, en el mejor de los casos, a su entorno social y familiar. Dicho desarrollo abarca aspectos tanto físicos como cognitivos, emocionales y comportamentales.

Durante los primeros años de vida es sin duda la familia el espacio evolutivo donde el niño encuentra las claves necesarias que le permiten iniciar su largo proceso de socialización. Poco a poco se irán incorporando elementos ajenos al núcleo familiar, profesores y compañeros que completarán el grupo de referencia. Será en la preadolescencia (periodo que abarca de los 11 a los 13 años aproximadamente) cuando aparecerán los primeros esquemas de identificación y diferenciación, los primeros intentos de independencia de los criterios familiares a partir de la formación de juicios críticos distanciados de los modelos adultos y la capacidad de decidir por uno mismo. A partir de ahora, será el grupo de referencia o grupo de iguales el espacio social por excelencia que prevalecerá sobre los modelos familiares aunque éstos no desaparezcan completamente. El adolescente orientará los cambios y avances al ritmo de su grupo pero con la mirada puesta en sus padres en los que busca opinión aunque sólo sea para posicionarse en contra.

Son muchos los retos a los que el joven deberá enfrentarse para componer su estructura personal y social: definir las respuestas a los grandes interrogantes sobre uno mismo, potenciar y consolidar la propia imagen, esbozar una trayectoria profesional o de capacitación que le permita a medio plazo autogestionar su vida, conseguir la pertenencia a un grupo de iguales donde pueda crecer en continua interacción.

Delimitar el conjunto formado por “los amigos” no es siempre tarea fácil de conseguir a pesar de las claras ventajas que supone. La necesidad de pertenencia y aprobación social explicará muchos de los comportamientos que el adolescente deberá poner en marcha para ser “uno más” del grupo y poder optar así a dichas ventajas. El miedo al rechazo por parte del grupo puede condicionar comportamientos sociales anómalos que tienden al aislamiento y la evitación de cualquier opinión externa.

Con frecuencia el adulto censura y descalifica a los más jóvenes en términos de “inmadurez o falta de personalidad” porque actúan magnetizados por su grupo, sin comprender los esfuerzos que el adolescente realiza para pertenecer al mismo y poder así diferenciarse de lo que hasta ahora ha venido siendo.

… “Decido el color de mi pelo o si llevaré un tatuaje, dónde me haré un piercing, elijo la música que me acompaña en cada momento, defino la imagen con la que presentarme al mundo para que se me considere único y defiendo mi derecho a la diferencia. Decido a quiénes dedicaré mi amistad y serán ellos los que más referencias me aporten para conseguir todo esto”…

Cuando como padres descubrimos que se debilita nuestro alcance en una edad tan socialmente admitida como “inestable”, nos invaden los miedos anticipando y magnificando, a veces, los riesgos que correrán nuestros hijos. Es necesario permitir que despeguen del medio familiar para que aprendan las habilidades que les serán imprescindibles como futuros adultos. Si descalificamos por sistema todo aquello distinto de lo que propia familia aporta, estaremos restringiendo su avance como personas: funciona mejor opinar que censurar, ofrecer nuestro apoyo antes que prohibir. Si censuramos o bloqueamos todo acceso de nuestros hijos a su grupo es posible que se conviertan en extraños afectivos que nos niegan cualquier tipo de información. Siempre podemos acudir a un profesional especialista que nos oriente cuando creamos que la situación se nos escapa de las manos.

El grupo funciona como un clan más o menos organizado donde cada cual descubre que papel ha de desempeñar. Es en definitiva el mejor escenario para ensayar y adquirir las estrategias necesarias de competencia social con las que vamos a navegar por la vida; habilidades sociales básicas para sintonizar con los demás, habilidades de escucha y empatía, técnicas de comunicación y negociación, resolución de conflictos, expresión de afectos, defensa de los derechos individuales frente a la opinión contraria del propio grupo o de cualquiera de sus miembros y un largo etcétera.

Es en el grupo donde se terminan de esbozar los sistemas de creencias y valores que servirán de filtro para entender y procesar los diferentes acontecimientos que determinan el paso a la edad adulta. Del mismo modo se ensayarán y consolidarán los nuevos roles que aparecen como resultado de todo éste proceso.

… “Defino mi postura ante aspectos tan relevantes como mis convicciones religiosas, mis planteamientos ideológicos, mi decisión frente al tabaco, el alcohol y otras sustancias, perfilo las actividades que formarán parte de mi tiempo de ocio, mi decisión de estudiar o de abrirme paso en el desconocido mundo laboral, mi conducta sexual”…

El comportamiento heterosocial cobra en el grupo de adolescentes especial relevancia, es ahora cuando se produce la posibilidad de describir y elegir al compañero o compañera con quien aprender las claves que determinan una conducta sexual eficaz y satisfactoria. Recordemos que es en la adolescencia cuando el cuerpo se prepara para dar respuesta a su función reproductora. Será el grupo quien recoja y ponga en marcha toda la información necesaria, no siempre libre de mitos y falacias, además de establecer un sistema de aceptación y rechazo hacia los diferentes comportamientos sexuales. Se establecen los primeros pasos en la conducta de búsqueda, consecución y ajuste con la pareja deseada, las primeras experiencias afectivas y, en ocasiones, algún que otro desencuentro.

Podríamos concluir, en definitiva, que la organización grupal a estas edades, respondiendo al más puro instinto gregario, se traduce en el diseño de un espacio de aprendizaje imprescindible para el completo y adecuado desarrollo del individuo que tendrá la oportunidad de prepararse y capacitarse para recorrer su futuro inmediato como joven adulto. Será entonces cuando, con un cierto grado de independencia, decidirá por si mismo, menos influenciable por criterios externos y preparando para convivir en sociedad.

El papel del psicólogo clínico como mediador entre el adolescente y sus padres

José Carrión Otero como coordinador del Área de Asistencia Psicológica y/o Psiquiátrica en la Adolescencia, nos propone una reflexión sobre el papel del psicólogo clínico como mediador entre el adolescente y sus padres.

La demanda de atención psicológica con adolescentes que presentan conflictos en la relación con sus padres, se está configurando como uno de los principales motivos de consulta en la actualidad. Señales como el fracaso académico, la no aceptación de límites, la agresividad y el consumo drogas llevan a los padres a solicitar nuestra intervención, desde la incomprensión y la desesperanza que les produce el comportamiento de sus hijos sobre los que dicen haber perdido cualquier capacidad de maniobra. La primera dificultad de la intervención estriba en el establecimiento de objetivos realistas que pueden incluir o no el trabajo directo con el adolescente, las posibilidades de intervención aumentan sí ellos participan pero es posible trabajar exclusivamente con los padres y/o convivientes para modificar las conductas de sus hijos no deseadas a través del manejo adecuado de las consecuencias de las mismas. Los padres pueden aprender a resolver con eficacia los conflictos, el establecimiento de límites, las habilidades de comunicación y negociación; así como la resolución de objetivos personales y la recuperación del control emocional.

Cuando el adolescente se incorpora al tratamiento, lo primero que conviene definir es su percepción del problema, es fácil encontrar pacientes convencidos de que su actitud y su comportamiento son perfectamente “normales” y que los conflictos se deben a la incomprensión por parte de sus padres. Se trata de pacientes que no presentan necesariamente psicopatología, más bien dificultades de adaptación o trastornos de conducta que suelen cursar con impulsividad, fácil frustración y bajo umbral para la descarga de respuestas agresivas. Su actitud frente a la terapia suele ser resistente y de escasa colaboración, en ocasiones, perciben al terapeuta como un aliado de sus padres. La figura y el rol del psicólogo clínico deberán definirse desde el primer momento para que el adolescente y sus familiares nos atribuyan la capacidad de negociar objetivamente en los conflictos y en las demandas de cada uno de ellos.

Una vez configuradas las claves de la intervención pasaremos al establecimiento de objetivos terapéuticos y al diseño de las estrategias de intervención, una “secuencia tipo” podría incluir:

• Desbloqueo de la situación de conflicto.
• Negociación de mínimos y control de conductas agresivas.
• Establecimiento de objetivos consensuados.
• Reparto de roles y tareas entre los padres.
• Control de variables cognitivas.
• Manejo de contingencias.
Habilidades de comunicación.
• Establecimiento de límites.
• Desarrollo de objetivos ulteriores: actividad académica o profesional, control sobre el consumo de drogas y otras conductas disruptivas, etc.
• Coordinación interprofesional: orientadores y tutores académicos, mediadores sociales, médicos, etc.
• Seguimiento de objetivos y diseño de las claves para gestionar el alta.

Guía para los pacientes con Trastorno Bipolar y Las familias y/o cuidadores.

El Departamento de Asistencia Clínica con Adultos incorpora esta guía en nuestro apartado de Material Recomendado. Se trata de una guía para padres, familias y cuidadores de personas diagnosticadas con Trastorno Bipolar.


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