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Adolescentes asertivos

Los adolescentes asertivos pueden manejar con mayor eficacia la presión de su grupo de iguales.

¿Su hijo adolescente, a menudo, está en desacuerdo con sus puntos de vista – y le expresa exactamente por qué no está de acuerdo? ¿Es su hijo capaz de hacer buenos razonamientos, aun con argumentos molestos, para poder salir hasta más tarde, o no hacer la limpieza de su habitación?

En este caso, podemos afirmar que dispone de herramientas muy útiles para adaptarse a las demandas de su medio: Un estudio reciente concluye que los adolescentes que defienden sus puntos de vista en las discusiones familiares son mejores a la hora de  defenderse frente a sus amigos cuando les presionan para beber o consumir drogas.
El estudio fue publicado en la revista Child Development.
Investigadores de la Universidad de Virginia  reunieron información sobre el uso de drogas y alcohol entre un grupo diverso de 150 adolescentes. Se examinaron las habilidades sociales de los adolescentes y de sus amistades, así como la forma en que se comunicaban con sus familiares.
El estudio encontró que los adolescentes que estaban en mejores condiciones para resistir la presión de los compañeros fueron los que expresaron abiertamente sus puntos de vista con sus padres. Estos adolescentes también utilizan argumentos más razonables en lugar de quejarse o alterarse para  influir en la opinión de sus familiares, argumentando sobre las cuestiones cotidianas, tales como las calificaciones académicas, las normas de la casa, el dinero y las tareas domésticas.
“La sana autonomía que habían establecido en la casa parecía de utilidad en sus relaciones con los compañeros”, comenta el responsable de este estudio, Joseph Allen, profesor de psicología en la Universidad de Virginia ”

 

Parece ser que los adolescentes que están seguros de su capacidad para debatir con sus padres, en situaciones de presión social, tienen menos probabilidades de llegar a sentirse demasiado dependientes de sus amigos más cercanos, y por lo tanto menos probabilidad de ser influenciados por el comportamiento de su amigo cuando éste es negativo.”

 

Cerebro Adolescente

La revista National Geographic España publicada en el mes de octubre,  nos propone en su artículo central  “Hermosos Cerebros” una interesante reflexión sobre el funcionamiento del cerebro adolescente, basada en el testimonio de los expertos responsables de los últimos descubrimientos en este área.

… “nuestros cerebros experimentan una reorganización masiva entre los 12 y los 25 años. El crecimiento es escaso durante ese período. Ya a los seis años el cerebro alcanza el 90% de su tamaño definitivo, y a partir de entonces el crecimiento de la cabeza se debe casi exclusivamente al engrosamiento del cráneo. Pero durante la adolescencia, el cerebro sufre una extensa remodelación, semejante a una actualización del cableado de una red informática”…

Contrariamente a lo que se creía, el cerebro en la etapa adolescente continúa su proceso de configuración y madurez convirtiéndose en una herramienta más eficaz y mucho más adaptativa.

…”Durante los últimos cinco años aproximadamente, la idea de que el adolescente tiene un cerebro “en obras” se ha ido difundiendo, pero algunos investigadores han empezado a contemplar los recientes hallazgos de la neurología y la genética bajo una luz más brillante y halagüeña, claramente influida por la teoría de la evolución. La explicación resultante del cerebro adolescente (llámesele la teoría adaptativa de la adolescencia) describe al joven no tanto como un tosco esbozo sino como un ser exquisitamente sensible y sumamente adaptable, preparado casi a la perfección para la tarea de abandonar la seguridad del hogar y salir al complicado mundo exterior.

Con toda seguridad esta idea gustará más a los adolescentes. Pero lo más importante es que encaja mucho mejor con el principio fundamental de la biología: la selección natural, que no perdona los rasgos disfuncionales. Si la adolescencia es esencialmente una colección de ellos (angustia vital, estupidez, precipitación, impulsividad, egoísmo e imprudencia incompetente), entonces, ¿cómo es posible que tales rasgos hayan superado la prueba de la selección natural? No podrían haberlo hecho si fueran las características fundamentales y determinantes de esa fase de la vida.

 

La respuesta es que esos rasgos molestos no son en realidad lo más relevante de la adolescencia, sino únicamente lo que más llama nuestra atención porque nos exasperan o ponen en peligro a nuestros hijos”…

La especialización del cerebro cursa, en esta etapa,  con conductas que nos pueden parecer irresponsables, inmaduras por las posibles consecuencias que tengan sobre los adolescentes, según esto, no hablaríamos por tanto, de una intencionalidad dirigida a perturbarnos, ni de un proceso cultural sesgado por las “malas influencias” más bien, estaríamos ante un repertorio conductual oportuno para diversificar estrategias que favorezcan la adaptación a los nuevos retos. Esta explicación es compatible con conductas dirigidas a alterar la convivencia cuando nos encontramos ante situaciones de conflicto claramente funcionales, pero relativiza la importancia de otros comportamientos que podríamos entender como “propios de la edad” sin mayor significación en la interacción con la esfera de los adultos.

…”novedades, riesgo, amigos de la misma edad. Todo parece reducirse a hacer cada día una tontería nueva con los compañeros. Pero analizando la cuestión con más detenimiento, vemos que esas características que definen nuestra adolescencia nos hacen más adaptativos, como individuos y como especie. Sin duda, este es el motivo, de que esos rasgos se manifiesten prácticamente en todas las culturas humanas, ya sean modernas o tribales. Lo antropólogos han observado que casi todas reconocen la adolescencia como un período diferenciado durante el cual los jóvenes prefieren la novedad, las emociones fuertes y la compañía de sus coetáneos. Este reconocimiento casi universal desmiente la idea de que se trata de un concepto cultural”…

Comprender sus comportamientos no significa justificar cualquier conducta,  que pretenda escapar a todos los límites de la convivencia. Es necesario definir las reglas del juego y establecer referentes firmes que servirán de guía para su desarrollo como adultos y de prevención ante situaciones de riesgo.

…”la adolescencia puede ser correcta, pero no es fácil de aceptar, en especial para los padres que tienen que lidiar con hijos adolescentes en sus etapas más difíciles y conflictivas, e incluso en momentos que podríamos definir como terribles. Resulta tranquilizador contemplar los aspectos más preocupantes como signos de un organismo que está aprendiendo a manejar su entorno, pero la selección natural es un arma de doble filo, y los momentos más torpes del adolescente pueden tener consecuencias graves. Las drogas, el alcohol, la conducción imprudente y los actos delictivos pueden causar problemas tremendos”…

Recomendamos, sin duda,  la lectura del artículo, por su claridad en la exposición y lo novedoso de sus postulados.

Nota: Imagen de portada y link del artículo “Hermosos Cerebros” por cortesía de National Geographic.

El Adolescente y su Grupo

José Carrión OteroAsistencia Psicológica en La Adolescencia.

Es en la adolescencia cuando el individuo experimenta un desarrollo evolutivo integral que pretenderá configurar la búsqueda de la propia identidad adaptada, en el mejor de los casos, a su entorno social y familiar. Dicho desarrollo abarca aspectos tanto físicos como cognitivos, emocionales y comportamentales.

Durante los primeros años de vida es sin duda la familia el espacio evolutivo donde el niño encuentra las claves necesarias que le permiten iniciar su largo proceso de socialización. Poco a poco se irán incorporando elementos ajenos al núcleo familiar, profesores y compañeros que completarán el grupo de referencia. Será en la preadolescencia (periodo que abarca de los 11 a los 13 años aproximadamente) cuando aparecerán los primeros esquemas de identificación y diferenciación, los primeros intentos de independencia de los criterios familiares a partir de la formación de juicios críticos distanciados de los modelos adultos y la capacidad de decidir por uno mismo. A partir de ahora, será el grupo de referencia o grupo de iguales el espacio social por excelencia que prevalecerá sobre los modelos familiares aunque éstos no desaparezcan completamente. El adolescente orientará los cambios y avances al ritmo de su grupo pero con la mirada puesta en sus padres en los que busca opinión aunque sólo sea para posicionarse en contra.

Son muchos los retos a los que el joven deberá enfrentarse para componer su estructura personal y social: definir las respuestas a los grandes interrogantes sobre uno mismo, potenciar y consolidar la propia imagen, esbozar una trayectoria profesional o de capacitación que le permita a medio plazo autogestionar su vida, conseguir la pertenencia a un grupo de iguales donde pueda crecer en continua interacción.

Delimitar el conjunto formado por “los amigos” no es siempre tarea fácil de conseguir a pesar de las claras ventajas que supone. La necesidad de pertenencia y aprobación social explicará muchos de los comportamientos que el adolescente deberá poner en marcha para ser “uno más” del grupo y poder optar así a dichas ventajas. El miedo al rechazo por parte del grupo puede condicionar comportamientos sociales anómalos que tienden al aislamiento y la evitación de cualquier opinión externa.

Con frecuencia el adulto censura y descalifica a los más jóvenes en términos de “inmadurez o falta de personalidad” porque actúan magnetizados por su grupo, sin comprender los esfuerzos que el adolescente realiza para pertenecer al mismo y poder así diferenciarse de lo que hasta ahora ha venido siendo.

… “Decido el color de mi pelo o si llevaré un tatuaje, dónde me haré un piercing, elijo la música que me acompaña en cada momento, defino la imagen con la que presentarme al mundo para que se me considere único y defiendo mi derecho a la diferencia. Decido a quiénes dedicaré mi amistad y serán ellos los que más referencias me aporten para conseguir todo esto”…

Cuando como padres descubrimos que se debilita nuestro alcance en una edad tan socialmente admitida como “inestable”, nos invaden los miedos anticipando y magnificando, a veces, los riesgos que correrán nuestros hijos. Es necesario permitir que despeguen del medio familiar para que aprendan las habilidades que les serán imprescindibles como futuros adultos. Si descalificamos por sistema todo aquello distinto de lo que propia familia aporta, estaremos restringiendo su avance como personas: funciona mejor opinar que censurar, ofrecer nuestro apoyo antes que prohibir. Si censuramos o bloqueamos todo acceso de nuestros hijos a su grupo es posible que se conviertan en extraños afectivos que nos niegan cualquier tipo de información. Siempre podemos acudir a un profesional especialista que nos oriente cuando creamos que la situación se nos escapa de las manos.

El grupo funciona como un clan más o menos organizado donde cada cual descubre que papel ha de desempeñar. Es en definitiva el mejor escenario para ensayar y adquirir las estrategias necesarias de competencia social con las que vamos a navegar por la vida; habilidades sociales básicas para sintonizar con los demás, habilidades de escucha y empatía, técnicas de comunicación y negociación, resolución de conflictos, expresión de afectos, defensa de los derechos individuales frente a la opinión contraria del propio grupo o de cualquiera de sus miembros y un largo etcétera.

Es en el grupo donde se terminan de esbozar los sistemas de creencias y valores que servirán de filtro para entender y procesar los diferentes acontecimientos que determinan el paso a la edad adulta. Del mismo modo se ensayarán y consolidarán los nuevos roles que aparecen como resultado de todo éste proceso.

… “Defino mi postura ante aspectos tan relevantes como mis convicciones religiosas, mis planteamientos ideológicos, mi decisión frente al tabaco, el alcohol y otras sustancias, perfilo las actividades que formarán parte de mi tiempo de ocio, mi decisión de estudiar o de abrirme paso en el desconocido mundo laboral, mi conducta sexual”…

El comportamiento heterosocial cobra en el grupo de adolescentes especial relevancia, es ahora cuando se produce la posibilidad de describir y elegir al compañero o compañera con quien aprender las claves que determinan una conducta sexual eficaz y satisfactoria. Recordemos que es en la adolescencia cuando el cuerpo se prepara para dar respuesta a su función reproductora. Será el grupo quien recoja y ponga en marcha toda la información necesaria, no siempre libre de mitos y falacias, además de establecer un sistema de aceptación y rechazo hacia los diferentes comportamientos sexuales. Se establecen los primeros pasos en la conducta de búsqueda, consecución y ajuste con la pareja deseada, las primeras experiencias afectivas y, en ocasiones, algún que otro desencuentro.

Podríamos concluir, en definitiva, que la organización grupal a estas edades, respondiendo al más puro instinto gregario, se traduce en el diseño de un espacio de aprendizaje imprescindible para el completo y adecuado desarrollo del individuo que tendrá la oportunidad de prepararse y capacitarse para recorrer su futuro inmediato como joven adulto. Será entonces cuando, con un cierto grado de independencia, decidirá por si mismo, menos influenciable por criterios externos y preparando para convivir en sociedad.

El papel del psicólogo clínico como mediador entre el adolescente y sus padres

José Carrión Otero como coordinador del Área de Asistencia Psicológica y/o Psiquiátrica en la Adolescencia, nos propone una reflexión sobre el papel del psicólogo clínico como mediador entre el adolescente y sus padres.

La demanda de atención psicológica con adolescentes que presentan conflictos en la relación con sus padres, se está configurando como uno de los principales motivos de consulta en la actualidad. Señales como el fracaso académico, la no aceptación de límites, la agresividad y el consumo drogas llevan a los padres a solicitar nuestra intervención, desde la incomprensión y la desesperanza que les produce el comportamiento de sus hijos sobre los que dicen haber perdido cualquier capacidad de maniobra. La primera dificultad de la intervención estriba en el establecimiento de objetivos realistas que pueden incluir o no el trabajo directo con el adolescente, las posibilidades de intervención aumentan sí ellos participan pero es posible trabajar exclusivamente con los padres y/o convivientes para modificar las conductas de sus hijos no deseadas a través del manejo adecuado de las consecuencias de las mismas. Los padres pueden aprender a resolver con eficacia los conflictos, el establecimiento de límites, las habilidades de comunicación y negociación; así como la resolución de objetivos personales y la recuperación del control emocional.

Cuando el adolescente se incorpora al tratamiento, lo primero que conviene definir es su percepción del problema, es fácil encontrar pacientes convencidos de que su actitud y su comportamiento son perfectamente “normales” y que los conflictos se deben a la incomprensión por parte de sus padres. Se trata de pacientes que no presentan necesariamente psicopatología, más bien dificultades de adaptación o trastornos de conducta que suelen cursar con impulsividad, fácil frustración y bajo umbral para la descarga de respuestas agresivas. Su actitud frente a la terapia suele ser resistente y de escasa colaboración, en ocasiones, perciben al terapeuta como un aliado de sus padres. La figura y el rol del psicólogo clínico deberán definirse desde el primer momento para que el adolescente y sus familiares nos atribuyan la capacidad de negociar objetivamente en los conflictos y en las demandas de cada uno de ellos.

Una vez configuradas las claves de la intervención pasaremos al establecimiento de objetivos terapéuticos y al diseño de las estrategias de intervención, una “secuencia tipo” podría incluir:

• Desbloqueo de la situación de conflicto.
• Negociación de mínimos y control de conductas agresivas.
• Establecimiento de objetivos consensuados.
• Reparto de roles y tareas entre los padres.
• Control de variables cognitivas.
• Manejo de contingencias.
Habilidades de comunicación.
• Establecimiento de límites.
• Desarrollo de objetivos ulteriores: actividad académica o profesional, control sobre el consumo de drogas y otras conductas disruptivas, etc.
• Coordinación interprofesional: orientadores y tutores académicos, mediadores sociales, médicos, etc.
• Seguimiento de objetivos y diseño de las claves para gestionar el alta.


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