¿Soy un padre helicóptero?

 

…”He intentado siempre hacer todo lo posible por su bienestar, me he esforzado día y noche para ofrecerle la mejor educación, para garantizar su salud, para que tuviese todos los medios necesarios y ahora no le reconozco, me siento decepcionada, furiosa con su actitud, tremendamente preocupada por su pasotismo y su falta de autonomía, no se esfuerza y me culpa sistemáticamente de sus fracasos”…
…¿En qué he fallado si he estado siempre ahí? Visitas al médico, trabajos del colegio, tutorías, actividades extraescolares, cumpleaños, móviles, consolas y todo lo necesario para que no se sintiese nunca frustrado, diferente a los demás. Siempre pendiente de todo lo que debería ocuparse él, cuanto más le resuelvo menos se esfuerza y más me desespera…
Si te suenan estas reflexiones que he reproducido tal y como las escucho, de manera bastante frecuente, en consulta; tal vez te encuentres en ese bucle que se fundamenta en el miedo y que nos fuerza a seguir gestionando la vida de los hijos adolescentes con la falsa expectativa de que en algún momento serán ellos los que se responsabilicen.
Es difícil comprender cómo son incapaces de interesarse por todo aquello que consideramos imprescindible para su adecuado desarrollo: no atienden hábitos saludables, no se molestan en renovar su documentación, desconocen los plazos para formalizar una matrícula académica y un largo etcétera de comportamientos que definen una actitud indolente y en nuestra opinión, casi de riesgo.
¿Cómo vamos a confiar en que ellos se apliquen si nos demuestran cada día su incapacidad? Eso sí, son hábiles para tomar decisiones sobre su ocio y sus relaciones interpersonales, normalmente en claro desacuerdo con nuestros criterios y nuestros deseos. ¿Es inevitable este desencuentro y este conflicto con el adolescente?
Fue en Estados Unidos donde se acuñó el concepto de “Padres Helicóptero” para definir una actitud de control y gestión permanente de las necesidades de los hijos con el fin de evitarles cualquier frustración o dificultad en su desarrollo hasta llegar a la edad adulta donde, supuestamente, accederán con la mejor formación y todos los medios que les permitan “triunfar” en sus aspiraciones.

La verdad es que es muy lícito desear lo mejor para los hijos pero ¿es realista proponerse dicho objetivo como padres? ¿es nuestro temor a la adversidad suficiente argumento para intentar asumir el control de todo su desarrollo? ¿dónde dejamos los aspectos propios del azar o que escapan a nuestro control? Son muchos los padres que se han encomendado a esta tarea y que con el tiempo comprueban lo ineficaz de su esfuerzo y la falta de autonomía de sus hijos como consecuencia de una actitud sobreprotectora.
El exceso de vigilancia termina ofreciendo a los hijos una visión de la realidad distorsionada, carente de contratiempos y para la que “no necesitan” herramienta alguna. Son los padres los responsables absolutos del control, tarea que en primera instancia les “tranquiliza” pero que a medio, largo plazo acentúa su desamparo ante la incapacidad que muestran ellos en defenderse o gestionar asuntos centrales para su adaptación y posterior independencia. La experiencia clínica y la bibliografía nos demuestran que estos perfiles adolescentes incapaces de adaptarse a la contrariedad, ajenos al protagonismo que debería adoptar sobre sus propias vidas y ajenos al esfuerzo que conlleva alcanzar metas realistas, son con frecuencia, sujetos involucrados en conductas de riesgo, adolescentes incapaces de asumir su responsabilidad a la vez que atribuyen todo lo negativo que les acontece a factores externos …”la culpa es de los demás y exijo que lo resuelvan”… desde una posición instalada en los derechos y carente de obligaciones.
Si hemos intentado educar con la mejor de las intenciones y no hemos conseguido los resultados deseados estaría bien que investigásemos en nuevas fórmulas que nos permitan adoptar una actitud más eficiente aunque esto conlleve el esfuerzo de afrontar algunos de nuestros miedos. En consulta siempre que abordamos cualquier tipo de miedo, lo que hacemos es definir una estrategia que nos permita, con el ritmo y las herramientas necesarias, desmontar las creencias en las que está fundamentado y exponernos a él para poder avanzar. Siempre digo que se puede avanzar incluso con miedo, no se trata de exigirnos ser las personas que no somos pero sí, personas que pueden mejorar su capacidad para gestionar estas dificultades.
También digo en estas fecha que se pueden “coger vacaciones de los hijos” aunque uno tenga la sensación de que no debería, lo imperfecto es más realista y termina por ser mas adaptativo.

 

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José Carrión Otero

José Carrión Otero

José es licenciado en Psicología por la Universidad Complutense de Madrid, psicólogo especialista en Psicología Clínica y tiene un Master en Psicología Clínica en Cinteco. Forma parte del Departamento para Adolescentes.

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