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Artículos marcados como "Área de los Adultos"

¿Estamos todos locos?

parte del equipo de Cinteco entrevistado por El País

Luz Sánchez-Mellado para El País Semanal - Fotografía de Daniel Sánchez

Necesitamos hablar. Más que nunca. Psicólogos y psiquiatras están desbordados. Cada vez más gente pide ayuda para soportar el estrés, la incomunicación y el dolor de vivir.

Ángel lo tiene todo. Un matrimonio feliz, dos niños de anuncio, un piso con la hipoteca pagada y un sueldo de funcionario de por vida. Aún es joven, tiene 40 años y dos meses contados, y, aparte de unos triglicéridos rebeldes, está razonablemente sano. Pero el día de su último cumpleaños se sintió morir. El corazón se le salía. Le faltaba el aire. Le dolía el pecho. Sudaba. Tiritaba. Le iba a dar un infarto. Su mujer le llevó a urgencias. Dos horas después, Ángel salía cabizbajo con el alta en la mano. No la firmaba ningún cardiólogo, sino la psiquiatra de guardia. El diagnóstico es concreto: crisis aguda de ansiedad compatible con trastorno ansioso depresivo.

La doctora prescribe ansiolíticos y antidepresivos, y recomienda asistencia psicológica complementaria. Deriva al médico de familia para que siga al paciente y valore la pertinencia de una baja laboral. “Nada más verme llamaron a la psiquiatra, que me dio un tranquilizante y me metió en un cuarto a que me calmara. Fue después cuando me preguntó qué me pasaba. Le dije que me daba miedo morirme, que me sentía incapaz de cuidar de mis hijos, que no podía con mi vida. Estuvo correcta, profesional, rutinaria. Me pareció que veía casos así todos los días”, dice Ángel. En efecto, es uno de tantos.

Los saturados servicios de urgencias de los hospitales llevan tiempo prestando cada día los primeros auxilios a personas con otro tipo de sufrimiento. Un dolor no exactamente o no del todo carnal. Un sinvivir que no da la cara en los análisis, ni en las radiografías, ni en el más sofisticado escáner. Los esquivos, inasibles padecimientos del alma.

La psiquiatra que atendió a Ángel, sus colegas de los centros de salud mental públicos y privados y los psicólogos de los centenares de gabinetes que han proliferado hasta en el barrio más humilde de la ciudad no dan abasto. Están a rebosar. Todo el mundo tiene un pariente, un amigo o un conocido que está de baja por depresión o estrés, alguien cercano que se “ha quebrado” o está “mal de los nervios”. No es un asunto para pregonar, pero tampoco un secreto de Estado.

El goteo de noticias es constante. Un vistazo a algunos titulares de las últimas semanas resulta demoledor. La Encuesta Nacional de Salud certificaba en marzo que el 20% de los españoles tiene propensión a sufrir trastornos relacionados con la salud mental. En plata: uno de cada cinco encuestados confiesa que se siente habitualmente triste, nervioso, atemorizado, en vilo. Fatal. El Ministerio de Sanidad alerta sobre el desaforado consumo de psicofármacos, que se ha multiplicado por tres en la última década. La Organización Mundial de la Salud pronostica que la depresión será en 2020 la segunda causa de discapacidad en el mundo desarrollado.

Pero es que a día de hoy el 15% de los trabajadores –tres millones en España– consume alcohol, hachís y/o cocaína hasta la adicción para soportar el estrés y la ansiedad que les provoca su jornada laboral, según la Organización Internacional del Trabajo. Y hasta el mismísimo Consejo General del Poder Judicial se ha planteado la posibilidad de evaluar la aptitud psicológica de los jueces al constatar que algunos sufren padecimientos psíquicos –ansiedad, depresión o patologías mayores– que pueden interferir en su trabajo. ¿Nos hemos vuelto locos?

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La importancia de nuestros propios pensamientos en los problemas de convivencia en pareja: Una reflexión

Ángeles Sanz Yaque, experta en intervención psicológica y mediación en los conflictos de pareja, publica la siguiente reflexión en el reportaje que recoje la revista Luna y Sol.

Hoy día vivimos sometidos a muchas más presiones de las que nos marcan las grandes campañas publicitarias en cuanto a lo que es recomendable consumir, nuestros desarrollos profesionales, y el estilo de vida más adecuado, Nos referimos a las creencias o las expectativas sobre nuestra vida emocional que de una manera sutil, nos marca la sociedad el momento actual. En general no podemos hablar de que sean correctas o incorrectas, pero sí de su existencia y de la influencia que ejercen en nuestra estabilidad y felicidad personal.Así cuando nos planteamos la educación de nuestros hijos nos volcamos en encontrar en mejor colegio, los mejores amigos, las actividades do ocio que le permitan un mayor desarrollo personal… olvidándonos de nosotros mismos de nuestra manera de querer, de nuestro cansancio, de nuestros propios valores e inquietudes, con tal de que ellos tengan una mejor vida que nosotros……Lo mismo ocurre en nuestras relaciones de pareja. En este sentido son muchas las relaciones que se llegan a deteriorar por no conocer y/o darse cuenta del papel que dichas expectativas tienen en la vida cotidiana.

Cada persona se ha formado en un contexto único e irrepetible, tiene sus costumbres, sus manías, sus cualidades aprendidas en una familia concreta y a lo largo de su vida emocional. Toda esa carga afectiva probablemente aparezca en algún momento de la convivencia.

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Fobia Social (segunda parte)

Manuel Morillas Urda escribe:

Como comentábamos en el artículo anterior, la fobia social se caracteriza por el miedo a aquellas situaciones en las que la gente puede formarse una opinión sobre la persona que la sufre. No es el miedo al gentío en sí, como ocurre en la agorafobia, sino que los miedos están relacionados con aspectos como:

  1. Ser observado.
  2. Comer o beber delante de otros, pues temen temblar al coger el tenedor o la copa.
  3. Por miedo a temblar, sudar o parecer ridículos temen sentarse frente a otros en transportes públicos o pasar por delante de grupos de personas.
  4. Es frecuente el miedo a personas a las que el individuo dota de “autoridad” intelectual, económica o social.
  5. Puede haber una marcada ansiedad ante el hecho de escribir o firmar delante de otros.
  6. Tareas que requieran motricidad fina como hacer punto o abrocharse la ropa pueden ser un problema cuando se hacen delante de otros.
  7. Suele aparecer un temor exagerado a la crítica y la autoestima ser muy frágil.
  8. Disfunciones sexuales, particularmente disfunción eréctil en hombres, es considerada por algunos autores como fobia social focal y específica.

En relación a los factores etiológicos del trastorno, D.H. Barlow (1988) expone un modelo sobre la adquisición de la fobia social que exponemos brevemente por las importantes implicaciones para su evaluación y tratamiento.

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Fobia Social

Manuel Morillas Urda , experto en el tratamiento con adultos de los trastornos de ansiedad y los trastornos del estado de ánimo, aporta su visión sobre la Fobia Social y las claves para la intervención.

Partiendo del concepto central en todos los problemas fóbicos que el miedo a las situaciones temidas es irracional, y así es reconocido por las personas que lo sufren, en la fobia social, lo que se teme, es que lo que los demás piensen de uno es terrible y debe ser evitado a toda costa. El temor central es, por tanto, la preocupación por ser evaluado por otras personas, mostrar signos de nerviosismo o ansiedad que los otros percibirán, y actuar de una forma vergonzosa o inapropiada.

Parece ser la adolescencia la edad de inicio más frecuente del trastorno, aunque en otras ocasiones tiene un inicio más temprano (la segunda infancia) o más tardío (a mediados de la edad adulta). La incidencia por sexos parece similar, afectando a entre un 1,2% y un 2,2% de la población.

Las vías de adquisición de la fobia social parecen ser variadas. Puede predisponer una historia de timidez o inhibición social en la infancia, un trauma social intenso (por ejemplo, una experiencia de humillación o estrés fuerte en una situación social), o carencias en el repertorio de habilidades sociales que producen, por una mala actuación debida a la inhabilidad, ansiedad y temores anticipados cada vez más fuertes. Esta anticipación ansiosa lleva a la evitación de las situaciones temidas, lo que hace que cada vez se sienta más ansiedad ante ellas. Precisamente, la fuerte ansiedad anticipatoria que se da en la fobia social hace que las personas que la padecen se vean muy interferidas y preocupadas durante largos periodos de tiempo, sobre todo cuando saben que tienen que enfrentar una de las situaciones que temen.

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