Se puede elegir ser feliz

Cada día, desde que amanecemos, en cada pequeña acción que llevamos a cabo, estamos adoptando una actitud, una posición ante la vida. Cuando suena el despertador y pienso “qué pereza, con lo bien que estaba durmiendo…”, desecho pensar “Gracias por este nuevo día, qué gusto hoy puedo…” . En la ducha, puedo elegir concentrarme en las sensaciones del agua calentita en mi espalda, en el olor de mi jabón… o puedo estar recorriendo la lista de tareas del día y empezar a agobiarme con ello. Puedo saborear el desayuno y concentrarme en aromas, texturas, sensaciones o engullirlo y ver las deprimentes noticias en la TV.

Tenemos múltiples opciones en cada minuto o segundo de nuestra existencia, pero no nos han enseñado a elegir adecuadamente. No nos han preparado para ser felices, para priorizar todo lo positivo que hay en nuestra vida. Eso no quiere decir que nos autoengañemos, sino que podemos aprender a apreciar las cosas que van bien, aunque sigamos siendo conscientes de que tenemos dificultades que hemos de enfrentar o problemas que resolver.

Se trata de reconducir nuestra percepción de las cosas. Quizá hayáis realizado alguna vez el ejercicio de descubrir en una imagen más de una figura a la vez. Pongamos un par de ejemplos:

¿Qué veis en esta imagen? En este dibujo según te fijes en el fondo o en la forma, se puede ver una copa o dos caras simétricas. La realidad es la misma, el dibujo es uno sólo, pero depende en lo que yo ponga mi atención o destaque, me parecerá una u otra cosa. Veamos otro ejemplo un poco más complicado.

Una vez más, en la misma representación podemos apreciar diferentes motivos, según interpretemos las líneas del trazado, podemos ver a una mujer joven o a un anciana, sin necesidad de modificar para nada el dibujo. Esto nos indica, que también esa percepción está influyendo en la manera en que pensamos e interpretamos la realidad, no sólo de lo que vemos, sino de lo que percibimos a través de cualquiera de nuestros sentidos. Así, cualquier acontecimiento de nuestra vida, según los datos que prioricemos, tendrá un matiz diferente para  cada persona.

De esta apreciación, podemos deducir la importancia que tienen los procesos cognitivos en la sensación de bienestar o malestar con la que vamos a vivir y afrontar las situaciones que la vida nos va presentando y que no siempre vamos a poder controlar. Es más, según sean dichos procesos mentales y las consecuencias emocionales que nos generan, así será nuestra manera de enfrentarnos a la realidad que nos haya tocado vivir: evitar, estallar, bloquearme…

Así, si mi pareja me plantea la separación y decido centrarme en “lo terrible que va a ser mi vida a partir de ese momento, en que me quedaré solo o sola, que ya no puedo ser feliz…”, me sentiré fracasado o fracasada, confusa, desorientado, abatido… y me encerraré en casa, me dará por refugiarme en el trabajo o en el alcohol y así estaré adoptando una actitud reactiva. El sufrir inútilmente centrándonos en los aspectos más sórdidos y dramáticos de nuestra existencia, despreciando lo que suele ser más habitual y que preferimos ver como “normal”, nos mantiene en una actitud reactiva, en la que perdemos el control de uno mismo y lo dejamos en manos de la situación o del otro.

Sin embargo, si decido centrarme en lo que voy a poder hacer a partir de ese momento para salir adelante, pensaré que “esto es una situación dura y difícil (no terrible), ante la que tendré que fortalecerme y asumir los cambios que me va a suponer…” Esta forma de pensar me llevará a sentirme algo menos decaída y menos desorientado, y aunque triste y apagado, buscaré soluciones eficaces para ir adoptando los cambios necesarios, es decir, acudiré a una actitud proactiva.

Está claro, por tanto, que no es sólo la situación vital que  se nos presenta la que nos altera emocionalmente, sino nuestra actitud mental ante la misma. Pero, si esto es tan evidente, ¿por qué no tenemos todos una actitud proactiva ante la vida? ¿por qué no elegimos pensar de manera más objetiva y realista, en lugar de centrarnos en lo negativo y agrandar las consecuencias de los hechos que nos ocurren?

La cuestión es que nadie nos ha enseñado a pensar de forma “adecuada” y hemos aprendido “libremente”, desde los modelos de infancia cercanos, desde la cultura tan poco objetiva en la que estamos inmersos y desde los mensajes repetitivos que escuchamos a nuestro alrededor. Cambiar nuestro patrón habitual de pensamiento no es tarea fácil, aunque sí que es posible, como todo en esta vida, a base de entrenamiento. El decidir querer dejar de pensar de una manera perjudicial para nosotros es una opción que podemos adquirir. Para ello existen diversos mecanismos cognitivos que se pueden aprender y que ayudarán a ir transformando la manera en que percibimos e interpretamos la realidad, logrando que seamos más realistas y objetivos. Lógicamente modificar nuestro patrón habitual de pensamiento no será tarea fácil, ya que necesitamos ir cuestionando una por una nuestras ideas menos lógicas o irracionales.

El primer paso para iniciar estos cambios, es tomar conciencia de cómo estos pensamientos nos llegan a hacer daño y estar atentos a cuáles son esas ideas que aparecen de manera habitual y constante en nuestra mente cuando nos enfrentamos a una situación que nos genera malestar. El ser conscientes de nuestra manera de pensar y de la influencia que ésta tiene en nuestros sentimientos y en la forma de reaccionar o enfrentar las situaciones, nos permitirá buscar otros pensamientos más objetivos ante las mismas y poco a poco, nuestras emociones se irán amortiguando y conseguiremos encontrar respuestas más adaptativas y adecuadas para hacer frente a los acontecimientos, incluso los más cotidianos como un atasco o un olvido, que nos llegan a alterar.

Algunos de estos pensamientos distorsionados son:

Los que se corresponden con una generalización excesiva como por ejemplo “Nunca voy a conseguir un trabajo”  cuando no has sido elegido el candidato idóneo y parece que ese hecho se vaya a repetir siempre en el futuro.

Los pensamientos que llamamos Todo-nada, si no está bien, está mal, si no es perfecto, es un desastre… no existen términos medios y todo se mide en categorías absolutas.

Tampoco son pensamientos objetivos los que suponen conclusiones apresuradas como “seguro que no le gusto porque me iba a llamar y no lo ha hecho” (lectura del pensamiento), sin tener datos objetivos llegamos a conclusiones negativas. No nos planteamos qué otros motivos podría tener la otra persona para no llamar. Estas conclusiones también  nos pueden llevar a incurrir en ocasiones en la adivinación: “mejor que me de la vuelta porque total no voy a poder aparcar”. Anticipamos consecuencias sin tener pruebas o datos realistas sobre ello.

Todas las obligaciones que nos autoimponemos o esperamos de los demás, los famosos “debería”, nos suelen generar una gran ansiedad o unos fuertes sentimientos de culpa o frustración.  “Debería de haberme acordado del cumpleaños de fulano…” “Mis hijos deberían de ser más educados con los vecinos…” Estos deseos no son en realidad “obligaciones”, pero el no llegar a realizarlos nos genera un gran malestar pues agrandamos las consecuencias de no cumplirlos.

La magnificación o minimización, la etiquetación, la personalización… hay muchos otros tipos de pensamientos que nos hacen ver la realidad de manera distorsionada. Y como se ha mencionado anteriormente, si queremos vivir de una manera más realista, que en realidad nos ayuda a ser más felices, sería bueno intentar modificar esos pensamientos que nos centran en un malestar inútil que nos hace infelices.

Ahora bien, si vemos que al intentar modificar nuestro patrón cognitivo, nos encontramos con demasiados bloqueos o nos resulta muy difícil encontrar argumentos más razonables, quizá es que tengamos muy instalada esa forma de pensar y necesitemos una ayuda profesional que nos facilite el cambio y la mejora, para poder dejar de sufrir inútilmente. Este caso no es infrecuente, pues el pensar de esta manera durante  mucho tiempo, llega a afectar a tantos aspectos de nuestra vida, e incluso de nuestra forma de ser, que no siempre resulta fácil modificarlos. Si además hemos generalizado este tipo de pensamientos llegando incluso a que afecten a nuestra autoestima, dudaremos de nosotros mismos y no nos veremos capaces de cambiar.

Sin embargo, es de vital importancia aprender a deshacernos de estos pensamientos, sabiendo ajustarnos a la realidad objetiva, pues esa opción es la que nos permitirá realmente poder elegir ser felices, decidir cada día cómo quiero mirar las cosas que me pasan, en que me quiero fijar y si quiero disfrutar o prefiero sufrir la vida que me ha tocado, aunque tenga, como todas, aspectos negativos y duros en algunos momentos. Como escribía Vicktor Frankl, psiquiatra judío, en “El hombre en busca de sentido”, tenemos “la libertad de elegir nuestra actitud frente a las circunstancias de nuestra propia vida“. A pesar de lo que vivió en los campos de concentración nazi, nadie pudo quitarle su libertad interior: el decidir de qué modo le afectaría lo que le estaba pasando.

Yo puedo decidir a qué dar más importancia cada día y por eso puedo elegir ser más o menos feliz ante cada acontecimiento que me suceda. En mis manos está esa elección.